I. Alas abiertas
Un acceso al optimismo
entre la tierra y el cielo,
una pintura final
sin espejismos.
Es tiempo de amar,
de renovar cortinas
y vender las acuarelas,
tiempo de elegir,
de vaciar papeleras
y volver a escribir,
tiempo de reivindicar
calles para quien camina,
de barrer hojas caídas
que no merecen la pena.
II. Primer vuelo
Eres poesía
Llega sin pedir permiso,
como la lluvia fina
que no sabías que esperabas.
Se posa en los bordes del día,
en la taza tibia,
en el ruido de tus pensamientos
cuando la tierra se apaga.
No son palabras,
sino el temblor antes de decirla.
No es solo un verso,
sino la grieta por donde respira el alma.
A veces arde,
como recuerdo que no se puede borrar.
A veces es brisa,
y te nombra sin tocarte.
A veces te atraviesa,
te desordena,
y luego, con suerte,
te deja entender
que siempre estuvo en ti.
Cuando la tarde azulea
Su voz rompe en mí
como ola que no olvida.
Sus ojos, faros incendiados,
y yo, naufrago de unos brazos,
espero la marea que nos lleve
sobre la espuma del mundo.
La vida nos quiere ahora
Dónde nos quedamos la última vez,
en qué parte de tu cuerpo.
Dónde volverse a encontrar
entrelazando los dedos.
Dónde robaré al aire tu voz
y tú mi alma.
El deseo de un verano
Hay letras que regresan
envueltas en bruma,
teñidas de azul y oro suave,
cuando el cielo despierta despacio
y las últimas estrellas aún bostezan.
Tú apareces en la puerta
con el deseo de un verano,
y el estío comienza lentamente
en la curva tranquila de tu sonrisa.
Entre las huertas,
el río es una cinta de plata
que borda los cañares.
Caminamos hacia él
entre polvo y tomillo,
como si el mundo terminara allí,
junto a las albercas.
El sol nos baña desnudos
entre un griterío de insectos,
mientras el agua refleja el cielo
y los arrozales beben de la tarde.
Yo te miro
y comprendo que viajar
no siempre es partir:
que a veces basta un río,
un entorno perdido,
y tu cuerpo brillando entre la corriente.
Ave de paso
Como el cielo de León
divisa obras inmortales;
entre nubes mensajeras
las letras van viajando.
Invita a vivir,
cuando cierro los ojos,
la alegría de su amor
pinta de verde la ciudad…
en los balcones dormidos
tiembla un rumor de campanas,
como si el aire escondiera
secretos de nuestros labios.
Libres, las alas.
Magalí cantando…
y bebo de ti.
Mi refugio
Nunca dejé de esperarte,
nunca de repetir tu nombre;
y ahora, cuando no pueda dormir,
buscaré versos
por si hasta tu lado llegan
naciendo el día.
Por calles y alrededores,
para olvidar desamores,
cuando palabras infieles
huyan con otros.
Volviendo a la realidad
de lo prosaico,
en lo esencial aún no escrito
pondré tu acento.
Y al desgastarnos los años
de los pies a la cabeza,
otra madrugada más
abriré el libro
de las próximas caricias.
Podrá nublarse el sol
Ahora que habitas cada poema
y salvas mi mundo
besando más lento,
Ahora que solo mira el calendario
la tristeza enmudecida
sobre la tierra sedienta.
Ahora que mis días
acaban y amanecen en ti,
que después de tanta huida
siento tu abrazo...
"Que la vida nos encuentre
siempre nombrando al amor
y a todo aquello que amamos"
III. Sobre las nubes
La eterna odisea de hallarte
Ni el mármol de Babilonia
ni la furia de Pompeya
podrán borrar la odisea
que escribió tu voz en mí,
ni el eco del frenesí
de los clarines del César,
ni los clamores que llegan
sepultando mis empeños
romperán estos ensueños
de hallarte por dondequiera.
Te vi cruzar junto al Tíber,
vestida de luna fría,
y Roma entera parecía
guardar silencio un segundo,
porque se detuvo el mundo
cuando rozaste mi vida.
Años después, Estambul,
bajo lámparas de cobre:
yo, pobre entre tanto noble;
tú, hija del gran visir.
Te invité para reír
y tú sonreíste apenas,
pero escucharon mis penas
los guardianes del bazar,
y tuve que renunciar
perdiéndome en las arenas.
Más tarde por Buenos Aires,
vagando sobre Corrientes,
dos corazones ausentes
compartiendo un mismo bar,
donde te invité a bailar
un tango amargo y sincero.
Pero llegó un caballero
del brazo de tu destino,
y te alejaste al camino
sin despedirte siquiera.
En Kyoto fue diferente:
los cerezos florecían
y tus ojos parecían
dos secretos por abrir.
Creí que ibas a venir
aquella tarde al estanque,
pero el azar fue un desplante,
y aunque regresé en invierno,
sólo el rumor de un “te quiero”
me acompañó en aquel parque.
Quizá en algún puerto griego,
cuando envejezca la guerra
y haya paz sobre la tierra,
nos volvamos a encontrar,
sin nadie que pueda separar
lo que ha unido el universo.
Y al fin de tanto esperar
entre siglos y distancias,
descansará mi constancia
en un abrazo sin tiempo.
El lenguaje de los pájaros
Cuarto de luna
sobre los campos,
campos del sur
que hasta tus brazos me llevan
ansiando el mar.
He respetado las formas
de lo invisible en la física
que un día arrancaran los vientos;
y en la penumbra callada
donde la noche se inclina,
guardo tu nombre en la tierra
como quien siembra una herida;
inmóvil,
clavado a estos surcos,
viendo pasar estaciones,
sin más oficio que esperarte;
regresaré...
por un camino sin mapas,
bajo este cuarto de luna,
sobre los mismos campos del sur,
al menos una vez.
De Sonora a la quebrada
Bajo cielos de obsidiana
donde el nopal custodia misterios,
El Maguey traza perfiles
mientras el sol devora las cúpulas.
Brújulas girando sobre mares,
dados descoloridos del azar
repartiendo nuestro destino.
Y así,
pegada a la piel
como un códice imposible de borrar.
sus ojos: cenote oscuro
donde la sombra descansa.
su voz cayendo despacio
sobre las ruinas del tiempo,
como lluvia tibia
en mitad del desierto.
Tal vez se amaban entonces,
desde aquellas noches ceremoniales
donde la luna observaba
la sangre derramada de los inocentes.
Porque aún hoy,
entre magueyes y humo de mezcal,
aquel fuego habita en la garganta
como una antigua plegaria.
Cuando el norte es un invento
Cuando el norte es un invento
de los que nunca se pierden,
la esperanza tiene precio
de parking y propina,
como una postal mal escrita
desde un barrio de Lisboa.
El nido vacío contempla
la belleza pasajera
de quienes suben la escalera
sin saber adónde.
Cada personaje guarda
un diario de ideales rotos
al cobijo de la costumbre,
mientras las preguntas
flotan en el suelo.
Hay un revuelo de espejos
detrás del telón y el atrezo,
un repertorio de gestos repetidos
para una multitud que brinda a solas.
Sin pronombre,
las respuestas llegan tarde.
La casa primera
El campo se ha quedado sin caminos,
sólo la noche avanza entre los surcos.
A lo lejos, la ciudad...
Mi padre permanece en la penumbra,
entre sus dedos gira una biznaga,
quizá buscando en la luna
palabras que recitar.
Y espera.
Mi madre se demora en las ventanas,
custodia las macetas, ordena los geranios,
canturrea coplas que el viento deshilacha.
Y espera.
Desde mi balcón contemplo
el vaho que asciende de otros días,
las voces que quedaron en los patios,
las alondras que conocen su destino.
Y no esperan.
La casa primera escucha.
Las paredes, los muebles,
las fotografías,
una lámpara encendida,
los adornos del salón...
Y nosotros.
Pero pasan las canciones,
caen los frutos, envejecen los relojes,
y en la puerta aún esperamos
a quien jamás negó su llegada.
Inolvidable
Siempre es hoy,
por alfombras
de regresos,
en páginas de una novela
de porcelanas
y oscuros muebles.
Siempre es hoy,
aprendiendo a respirar
cenizas de negras flores,
imaginando que aún puede
de nuevo ser nuestro el mar.
La luz del patio
Danzan sombras lentas
por un cielo bajo y cansado,
la tarde se queda quieta
entre la ropa aún mojada.
En el patio,
la cal guarda secretos
y una silla medio rota
recuerda el peso de otras esperas,
el día se deshace lento
en las esquinas del tiempo,
mientras un tibio sol se derrama
entre macetas abandonadas.
Caminábamos —¿recuerdas?—
y el calor nos devoraba despacio,
por creer que lo inasible
tenía forma de promesa.
Somos ecos de canciones:
de lo que fuimos, de lo que duele,
de lo que insiste en nombrar.
Somos el aire inquieto
porque todavia, a veces,
trae el olor de algo que ardió
y no supimos apagar.
IV. Cerca del sol
Tengo un anaquel pulido en la memoria
donde descansan los platos del amor,
los que sostuvieron frases ambiguas
y el temblor luminoso de lo vivido.
He querido quemar los viejos rastrojos
ofrecidos a diosas que ya no escuchan,
bajo una luna ausente
que olvidó su oficio de vigilar nostalgias.
Porque hasta la tristeza se suaviza
cuando el tiempo la peina con sus dedos
y la convierte en algo casi amable,
casi hogar, casi olvido.
Hay un lenguaje sin gramática ni norma,
hecho de viento, de piel, de luz desordenada.
Días de tierra caliente en los zapatos,
días de café sin preguntas, de amaneceres limpios,
y este dolor que hoy me empuja
como un perro dormido a los pies del recuerdo.
Quizá uno escribe siempre
a lo que no tiene,
a lo que arde sin quedarse,
a lo que fue amor
y ahora es solo
la forma exacta de la ausencia.
…crecieron flores y secretos,
después crecieron las calles.
De un cielo sin despedidas,
vientos que besen la piel,
ante el verdor de los paisajes
se vista mi geografía,
y en arcoíris, habite tu mirada.
Al otro lado del silencio
Ya lo ves, he llegado a perro viejo,
con las manos llenas de sueños
y los bolsillos de historias,
de molinos y gigantes,
de no temerle tanto al viento,
de volver a respirar.
Que los cuervos cantan mejor, decías,
cuando la verdad se queda sin sitio,
cuando su graznido suena
a lo que fuimos,
a lo que espera,
a la lluvia en primavera...
y el gran Clint Eastwood
seguía en pie en la pantalla,
con esa forma de aguantarlo todo,
sin pedir perdón,
sin saber que la vida nos llamaba.
Tantas cosas por contarte,
y sin embargo
todo cabe en cada intento
que a veces pesa,
como si tuvieran tu nombre
las frases que no terminan,
que aprenden en otra parte
a quedarse sin quedarse,
a doler sin hacer ruido.
Antes que antiguos demonios
regresen para inmolarse,
te guardaré en mis insomnios,
como un recuerdo imborrable
entre los versos que escribo,
por si acaso aún no te has ido.
El arte de lo intransito
Vuelve a parar el tren
donde nadie me espera,
y el andén respira un silencio
que se aferra a los pasos.
En mi soledad de pájaros,
la cabeza llena de cielos,
de rutas que no elegí
y vuelos que nunca despegaron.
Y aunque mientras pintas no me leas,
aunque tus ojos estén en otro lienzo,
sé que a este gris entramado darás color,
ajena a distancias, a estaciones vacías,
a trenes que regresan sin nadie.
En el asiento de al lado,
un gato observa en silencio,
como si albergara residuos
de algún secreto,
como si supiera
que estoy esperando algo
que no llega en ningún vagón.
Y sin embargo,
por la magia de tus manos escaparé,
abriéndome camino entre las formas.
como quien aprende
a respirar bajo el agua
y descubre que el aire
siempre estuvo dentro.
Al vaivén de los amantes
Conocemos el idioma
de las puertas que se cierran,
de las palabras que aguantan
antes de romperse al aire.
Conocemos los lugares
que nos niegan un refugio,
cuando miramos al norte
aunque el invierno nos hiela.
Sabemos que el amor no siempre gana,
pero hay abrazos
que consiguen mantener en pie
todo aquello que cuidamos.
Callamos para no rompernos,
vistiendo de normalidad
las cosas que no nos dijimos
pero llovieron por dentro.
Y al final solo nos queda
aferrarse a la cola de viento
para poder volar.
Ámame al instante,
que la tarde no vuelve
y el corazón, aunque insiste,
no secará las gotas derramadas.
Bebamos de la lluvia
antes de que la piedra la devore,
antes de que el tiempo
desvista los jardines.
Y si un día te marchas,
regálame tu aroma
perdido entre los libros,
la rémora que queda
en la taza vacía.
Besa mi cansancio:
soy barro, soy piedra;
a veces me derrumbo
como un muro vencido.
No será inútil
la luna en los tejados,
ni el temblor de los árboles
cuando abril amanece.
No será un duelo
esta sed infinita que nos llama
bajo constelaciones.
Y si un día te marchas
regálame tu risa clara
rondando por el viento.
Eso será bastante.
Con ella haré canciones
y abriré las ventanas
como un rezo sin templo.
Frente al espejo
El lenguaje de las plantas
extraña por las aceras
como quien lleva a la espalda
caminos de sol eterno,
desposada de amuletos
y a un balcón que engalanaban
sus dedos de enredadera
…por esperar,
por contemplar
el cristal envejecer
cada mañana;
por llenar su corazón de amor,
y a la soledad de música.
Qué duro despedirse, madre tierra,
cuando el hambre te empuja a partir,
cuando la raíz ya no sostiene.
—¿Te vas? —susurra—
¿también tú te deshaces de aquí?
—No me voy… me lleva el vacío—
¿Quién decide dónde empieza la vida?
¿quién dibuja fronteras en el mar?
—No cruces— me advierten—
allí te puedes perder.
—Aquí también me apago—
soñando correr libre por los campos
sin este miedo mordiendo en el pecho,
con la casa latiendo lejos.
Grito… ¿no lo ves?
No reniego de mi origen,
aunque hierva la sal en mis labios:
no huyo de donde vengo,
huyo por seguir viviendo.
Hijos del hambre
Se declara tarde toda guerra,
cuando el humo ya cubrió la tierra
y las madres barren de las puertas
las ruinas que los hombres dejaron.
Me pides amor, pero en los labios
solo quedan los muertos y la entrega.
Yo mendigo apenas lo que era mío:
un pedazo de paz, una caricia...
El cielo se desgarra de repente,
abre su vientre negro sobre el mundo;
arden fronteras, tiemblan sus restos,
como si lo eterno se quedara mudo.
Hay banderas que nacen empapadas,
con olor a metal y sangre antigua;
ciudades diferentes se derrumban
bajo la misma llama repetida.
Gernika sigue presente en cada incendio,
aunque cambien de rostro los gobiernos;
cada niño que corre sobre escombros
encierra un mismo miedo la injusticia.
Sospechas que mi voz cae en un pasado,
que el mar desgasta aquello que resiste;
pero solo se muere lo olvidado,
solo el recuerdo salva lo que existe.
A Khaled
En la plaza de los lamentos,
mis manos buscan tus manos,
y el viento deja un olor a tierra quemada.
Hoy las palomas no vuelan,
sus alas se tiñen de gritos lejanos;
pero entre los escombros,
tus versos son faroles
que encienden la esperanza callada.
Hablas bajo el puente de los olvidados,
y cada palabra es una semilla que florece
en jardines donde los cañones
jamás podrán sepultar tu obra.
Si la noche se hace de hierro y humo,
si nuestros pasos hoy buscan ríos de paz
cambiaremos nubes negras por soles.
Amigo, guarda mi voz en tu pecho:
aunque el mundo haga la guerra,
nuestro abrazo es la bandera
de los niños que soñaron con el mar.
V. Séptimo cielo
Sala de espera
Las ventanas anunciaban la tarde
entre vitrinas de polvo
donde el tiempo se acumulaba
como escarcha sobre los años.
Estabas allí.
Quieta dentro de aquel marco,
con las manos cruzadas
y un gesto impoluto,
casi una brecha de luz
a punto de convertirse en vida.
Como quien lleva más de un lustro,
más de un umbral,
mirando la misma puerta cerrada
sin perder del todo la esperanza.
El cuadro olía
a domingos perdidos,
a habitaciones clausuradas,
a cartas nunca enviadas
que descansan dobladas
en el fondo de un cajón.
Fui feliz.
Cuando tus ojos levantaron la noche
y el universo entero se volvió imposible.
Tu mano atravesó la superficie
igual que una luna rompiendo el agua.
Y al salir de aquel retrato
traías el aire hermoso
de quien renace,
después de haber sido recuerdo
demasiado tiempo.
“Llegaste tarde”, dijiste.
Sesenta años tarde, quizá.
Sesenta inviernos,
varias guerras,
miles de escenas solitarias...
Ahora te observo inmóvil cada noche,
con el delirio hundido sobre el rostro,
sin saber ya
quién salvó a quién,
ni cuál de los dos
sigue realmente prisionero.
La cuadratura del círculo
Se nos cayó la manta de los hombros
y compartimos el frío,
tú desde una ciudad lejana,
yo imaginando la luna.
De horas nocturnas
en que el sueño rompe astillas
y busca entre la almohada
la forma de respirar contigo.
Amanecer sin tus besos;
las claras del alba pasan de largo
mientras canciones pendientes
quedan mudas en el pecho.
Ya no hay versos imposibles,
ni viento jugando en tu cabello,
ni, sobre la barra del bar, copas
con los restos de esperanza
derritiéndose en el hielo.
Pero llegas con la lluvia;
la tormenta limpia la calle.
Entonces olvido la edad, el miedo,
las penas cosidas al costado,
mientras el amor cita
a dos corazones azules.
Crece hierba en las aceras,
luz a este cuerpo cansado,
despides viejas tristezas,
y cuando me miras, la vida
lo envuelve todo de fiesta.
VI. Pañuelos blancos
Últimos versos
Vuelvo a leer los retazos
que los años escribieron,
donde el deseo era el juego
de un cuerpo por habitar,
para beber tus lagunas,
encaramarme a tus lunas,
desordenar la cordura,
ser el sol en tu cristal.
Maldiciendo los relojes
y los lugares vacíos.
Si el mundo niega la llave
de aquel castillo de arena,
que lo borren las mareas,
que lo reclame la tierra.
Me quedaré con la llama,
con la belleza encontrada,
con los días que encendieron
la noche más apagada.
Me marcho con lo vivido,
con lo que pudo ser nuestro,
agradeciendo al destino
haber compartido el viaje.
Y al llegar al horizonte,
cuando se cierre el sendero,
volveré atrás un instante,
sonreiré...me iré lejos.
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